La noche que entendimos lo que podía llegar a ser Llotja Catalunya
- Pau Gener
- 16 oct 2025
- 4 Min. de lectura
Testimonio de una tarde fundacional con Artur Mas en el que una generación emergente transformó una idea incipiente en una comunidad con voz propia y empezó a tejer, desde Llotja, puentes con el futuro del país.
Pau Gener – Miembro de Llotja Catalunya
Cuando Llotja Catalunya era poco más que una idea —un grupo de amigos con la manía de mirar el país de cerca y de cabo a rabo, de entender las piezas, los engranajes y las personas que lo sostienen— y nos movíamos sin presupuestos ni infraestructuras, saltando entre cafeterías y despachos, presentando una iniciativa quizá no sabrá por aquella que empuja por aquella que empuja por aquella pero tiene claro que quiere llegar. Por entonces, entre lluvias de ideas y nombres de quienes, creíamos, nos tenía que llevar a perfilar una visión más nítida de lo que era y es Cataluña, destacaba uno con una unanimidad casi instintiva: el del 129º presidente de la Generalitat, Artur Mas.
Ahora, con el tiempo, creo que todos hemos entendido mejor ese consenso. Respondía a una coherencia interna, aunque quizás entonces no sabíamos explicarla del todo. Porque Mas, aparte de expresident, es un testimonio privilegiado de una etapa de reconstrucción, del intento de colocar a Catalunya en una nueva centralidad después del franquismo y la transición; su bagaje condensa la continuidad y, al mismo tiempo, la ruptura con el gigante del pujolismo. Conocedor de memoria no sólo de las instituciones sino también de ese magma de «cosas y cositas» donde descansa, realmente, la política. Nos interesaba de él tanto el hombre como el símbolo que representa.
Querer a Mas en Llotja era, por un lado, un gesto de reconocimiento y, por otro, una declaración de intenciones.
El día que cruzamos por primera vez las puertas del Palau Robert para empezar contactos, comprendimos que lo que hasta entonces había parecido un poco naif —un grupo de universitarios con la ambición de llegar a los grandes nombres del país— podía coger cuerpo. De hecho, que Mas aceptara recibirnos ya era, por sí solo, una prueba del sentido de Llotja, ya que si un expresidente estaba dispuesto a conversar con nosotros, quería decir que el intercambio era realmente bilateral y que nosotros, los jóvenes, también podíamos ofrecer algo valioso al otro lado de la mesa.
Dicho y hecho, después de conversaciones y tiempos, llegó el verdadero reto: preparar, convocar y conducir un encuentro público, un acto que no fuera sólo una entrevista, sino también una especie de rito fundacional del proyecto. El presidente accedió con amabilidad, y, esa noche, cuando finalmente se sentó frente a cerca de 200 asistentes para conversar con franqueza y generosidad, nos dimos cuenta de que, sin quererlo, habíamos redoblado la apuesta.
Con el salón de actos del Real Círculo Artístico lleno, el ambiente era eléctrico. Recuerdo el silencio expectante cuando Mas subió al escenario, con esa serenidad que destilan quienes han navegado tormentas políticas. Como moderador, me correspondía ordenar las preguntas, sostener silencios e interpelarlo con respeto pero sin miedo. Intenté hacer que la conversación recogiera toda su trayectoria: desde los primeros días como consejero hasta el peso de liderar un país en momentos de clara tensión... También hablamos de que hubiera aceptado nuestra invitación; condensando en palabras lo que nosotros empezábamos a intuir, reconoció que iniciativas como la nuestra son las que plantan las semillas de los liderazgos futuros, los que saben mirar más allá del ruido inmediato y que, incluso, ayudan a figuras como él a mantenerse al día. Pese a lo que podíamos esperar, Mas pareció hablar con franqueza y sin demasiados rodeos, de las luces y las sombras de la política; del estado del país, de las adversidades que sólo se pueden afrontar con astucia y principios, y de la necesidad insustituible de empezar a construir desde la base si se quiere cambiar en serio un sistema.
Esa noche, el público aplaudió y nos felicitó —fue uno de esos momentos que guardaré en las palmaditas que me fueron cayendo en el hombro— y sentimos la euforia de haber hecho realidad un sueño. Pero creo que hablo en nombre de todo el equipo si digo que a todos nos quedó un regusto algo agridulce. Yo fui seguramente de los más críticos o exigentes –después de este tipo de actos, uno sale con la mente puesta sólo en lo que podría haber dicho o planteado mejor. Habíamos conseguido un triunfo, sí, pero también queríamos más: mayor riesgo en las preguntas, mayor profundidad en los temas, mayor impacto en el mensaje.
Con el tiempo fui entendiendo que esa insatisfacción no era un fracaso, sino justamente el motor de Llotja. Nos dimos cuenta de que entrevistar a Mas no era sólo un acto fundacional, sino también una demostración de que nuestro proyecto tenía sentido. Poner a un expresidente ante un grupo de jóvenes con inquietudes y preguntas de todo tipo era, en sí mismo, nuestra pequeña declaración política: la convicción de que los puentes generacionales no surgen solos, sino que hay que construirlos con voluntad y coraje.
Y, claro, hoy, mirando adelante, veo que esa noche nos enseñó que Llotja debía ser, nada menos, lo que tenía potencial de acontecer: un laboratorio de ideas, un lugar donde los jóvenes escucharan, desafiaran y cocrearan el futuro con los líderes de hoy. Cada encuentro debía ser una chispa para nuevos proyectos, para redes que conectaran universitarios con quienes mueven los hilos del país, y para una visión de Cataluña más abierta, más valiente y más inclusiva.
Aquella noche con Artur Mas fue el primer paso, pero también un recordatorio de que el camino de Llotja sólo acababa de empezar. Este año, como habrán notado los nuevos socios, llegan cosas nuevas. El hecho mismo de estar leyendo este artículo es ya un síntoma: revistas, nuevos encuentros, formaciones... Todo ello confirma que el proyecto crece. Y espero no equivocarme si digo que vayamos por el buen camino y que ahora, más que nunca, tenemos claro el papel que jugamos.




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